
Por Fernando Guerrero, presidente de honor de la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES)
Es el mayor hándicap que hoy tenemos los españoles para triunfar en tareas colectivas, ya sea dentro de nuestras fronteras, o bien en el contexto internacional.
Esta reflexión, que ya se está evidenciando hace años, viene como anillo al dedo sacarla a colación en estos momentos en que España ha empezado su mandato semestral en la presidencia de la Unión Europea.
¿Y quiénes ponen en cuestión o dudan, sin más, de la gestión española en la UE? Principalmente, la propia España, porque para eso los españoles nos pintamos solos. Nos comportamos como activos corresponsales del Financial Times o de The Economist, esos periódicos ingleses que tanto «nos quieren».
Es verdad que las fuerzas políticas han escenificado un consenso con la boca chica, para que España quede lo mejor posible ante Europa. Pero, ¿quién cree ya en consensos gratuitos? Estamos hartos de ver consensos de este tipo que han durado días e incluso horas. Y es que es difícil conseguir ese propósito si, al mismo tiempo, estamos enviando a Europa el mensaje de que nuestro presidente es de lo «peorcito» que existe en político.
Ciertamente, un político controvertido que, para la oposición, empezó siendo un «bambi bobalicón» y ahora, por lo visto, se le ha convertido en un tigre de Bengala al que hay que abatir de cualquier forma, aunque con ello ahondemos la división y el enfrentamiento de las dos Españas. La verdad es lo de menos.
La consigna ha quedado bien clara en la última reunión de presidentes autonómicos. Aunque sobre la mesa haya habido un programa coincidente al 80 por ciento, había que dejar bien claro que hay autonomías de derechas y autonomías de izquierdas. Y a las derechas les corresponde, por mandato divino, el gobierno de las naciones. ¡Qué alternancia ni qué zarandajas!
¿Que estaríamos mejor representados en Europa por el señor Rajoy? Pssch…, no lo sabemos; pero de momento, las encuestas nacionales que tanto aprecian nuestros políticos conceden a este señor la misma valoración política que a las ministras del Gobierno peor valoradas. ¿O no es así? ¿A qué viene entonces tanta escandalera con nuestra representación?
A la hora de simplificar somos unos consumados artistas. ¿Quién ha dicho que la crisis la ha provocado el capitalismo financiero internacional? ¡Qué va! No se confunda usted, esta es la «crisis de Zapatero» —que también es suponerle poder—. Y del paro, ¿qué me dice usted del paro? Este es el «paro de Zapatero». Y nos quedamos tan frescos y tan contentos. Y para el político esta postura es muy rentable, ya que las tragaderas del pueblo acogen con alivio estas simplificaciones, que se le sirven en bandeja y le ahorran reflexionar y pensar por cuenta propia.
Algunas tribus nórdicas de nuestro país reivindican la independencia. Es lo que debiéramos reivindicar todos los españoles, pero independencia de criterio, para no comportarnos como aborregados súbditos de ninguna etiqueta política o para evitar ser víctimas propicias a la manipulación de intereses espurios.
La crisis «genuinamente española» y que agrava la sufrida por el resto del mundo se debe al capitalismo financiero nacional, que embebido de la lógica codicia y no ajeno a la corrupción —que desgraciadamente para España estamos trivializando— ha tratado de convertir el solar patrio en solar edificable. España, durante unos lustros, fue Jauja. Y la burbuja especulativa nos estalló en las manos. Y las familias que, con el señuelo de las facilidades y los intereses bajos, no quisieron ser menos, quedaron endeudadas hasta los ojos y muchas, de por vida.
¿Que a España le va a costar salir de la crisis? Evidentemente; pero con Zapatero, con Rajoy, e incluso nombrando como vicepresidenta económica a Santa Rita de Casia, abogada de las causas perdidas.
Que el pesimismo español tiene fundamento y viene propiciado por la clase política y la consiguiente resonancia mediática, lo demuestra el que los españoles ven la política como una lacra que sitúan entre sus preocupaciones tras el paro, el terrorismo, etc. La política está hoy encarnada por un bipartidismo cainita que, aliado a la ignorancia, siempre estuvo en el origen de nuestras desgracias y nuestro retraso histórico.
Algunos políticos llevan su osadía a compararnos con Francia o Alemania —«ellos saldrán antes»—. Pero vamos a tener un poco de seriedad. ¿Cuándo hemos sido equiparables?
Nos haría falta algo del chovinismo francés, que alimentó siempre la «grandeur de la France», o bien, sin llegar a tanto, tratar de llenar, con voluntad y orgullo, el gran socavón que existe en nuestra autoestima.
¿Y cuándo hemos sido como Alemania? Para buscar alguna coincidencia tendríamos que remontarnos al menos a la época de Carlos V.
A España, en la hora actual, le hacen falta grandes dosis de liberalismo, doctrina hoy secuestrada, lamentablemente, por aquellos que ni de lejos la practican.
Para enjuiciar a España con cierta objetividad, nos tenemos que situar lejos de nuestras fronteras, porque desde dentro es imposible; nos lo impide esa insidiosa, permanente y viscosa niebla del pesimismo, de la que no logramos librarnos. ¡Qué pena da y qué injusto es comprobar el mal concepto que tenemos de nosotros mismos!
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