Un teletipo del nueve largo
POR ANTONIO HERNÁNDEZ RODICIO, director de El Correo de Andalucía
El democrático teletipo ha sustituido definitivamente al motorista de Franco como vía eficaz e irrevocable para certificar destituciones y renuncias. No estuvo fino el presidente de la Junta, José Antonio Griñán, en el modo de comunicar públicamente que Alfredo Sánchez Monteseirín no volverá a ser candidato a la alcaldía de Sevilla. Un escueto teletipo de Europa Press a media mañana diciendo lo que toda Sevilla sabía y ¡zas¡. Caso resuelto. “Alfredo Sánchez Monteseirín me ha comunicado que no desea repetir como candidato”. A Monteseirín le cogió el motorista en Parque Alcosa. En realidad, se había enterado bien poco antes del teletipazo, por lo que aliñó la faena como pudo, enhebró un discurso que ya supo a despedida y se acabó. Quien ha sido alcalde de Sevilla durante diez años mereceía haber seleccionado el momento, el lugar y la escenografía y no morir como un actor secundario, sin la gloria de un primer plano. Lo peor del sistema y el momento elegido para hacer pública su marcha es que ha arrojado demasiadas sospechas sobre los motivos reales del apartamiento de Monteseirín de las labores municipales. Era el día en el que el Supremo enviaba a la cárcel a un ex colaborador del alcalde y a un empresario por las facturas falsas de Macarena. Y con el toro de Mercasevilla vivo en la plaza. Y no. Monteseirín no se va por los casos de corrupción. El actual alcalde, que deja anotado el récord de permanencia en la alcaldía con más de una década, no repetirá porque no ha tenido el apoyo de ninguna instancia de su partido ni de Griñán. Ha sido apoyado sólo por un reducido grupo de leales y por una parte del equipo municipal. En la última convocatoria, fue Chaves quien impidió el relevo que pretendían Zapatero y José Blanco. Y, ojo, tampoco lo echa Griñán, que se ha limitado a ratificar una decisión anunciada, aunque tampoco confiaba en él para repetir en el cartel. Pero a estas alturas no hay una encuesta que desmienta que Monteseirín debía poner fin a su periplo municipal. Asado a fuego lento por las dos caras, hace tiempo que estaba amortizado. Ha tirado de la marca PSOE hacia abajo y, en cualquier caso, no ha sumado votos a la fortaleza de sus siglas. De tres elecciones fue derrotado en dos -por Soledad Becerril y por Juan Ignacio Zoido- aunque logró gobernar en las tres ocasiones, con el PA y con IU. Sin embargo, hay que reconocerle entereza, decisión y confianza en sí mismo y en su proyecto, porque de haber encontrado apoyos se hubiera prestado para repetir. Pero una cosa son los datos objetivos que han manejado en su partido y otra la valoración que merezca como alcalde de Sevilla, que viene trufada de un algo invisible y difícil de identificar que lo rodea y que le ha impedido una mayor y mejor conexión con los ciudadanos; una cierta incapacidad para comunicar con eficacia y credibilidad su trabajo; una barrera, en definitiva, que le ha impedido disponer de un mayor aprecio ciudadano. ¿cuestión de carácter? ¿pésimo asesoramiento político? ¿autarquía? ¿pelín de egocentrismo? ¿carencia absoluta de un grupo municipal sólido? ¿el error de no haber reconocido a la dirección provincial ganadora del congreso? ¿falta de colaboración con el partido y viceversa? ¿nula capacidad para entender el papel de los medios de comunicación? De todo ha habido en la viña de Monteseirín.
Desde el principio de su primera alcaldía ha tenido un desencaje raro con una buena parte de la ciudad, pero sobre todo con la opinión pública y especialmente con la publicada. Sevilla lo ha visto demasiado tiempo tras una lente desenfocada. ¿Él ha tenido parte de culpa en esa falta de química? Seguro, pero desde luego no al precio que se lo han hecho pagar. Más que detallar la retahíla de proyectos o logros contraponiéndolos con los errores de su gestión, al actual alcalde le prestigia su valentía para proponer y desarrollar un modelo de ciudad. Puede ser discutido, pero es evidente que Monteseirín ha sabido qué ha querido para Sevilla y le honra haberlo hecho siempre desde el sentido del servicio público, de la modernización de una ciudad que parece resistirse a modernizarse en algunos aspectos y desde el prisma del político que está convencido de que se puede y se debe trabajar para que la ciudad sea un territorio compartido, con igualdad de oportunidades para todos, sostenible y enganchada a los trenes del futuro. Precisamente ese empeño ha sido denostado incluso antes de ser expuesto y materializado por una buena parte de la Sevilla que se niega a creer en esa filosofía política, la Sevilla que denosta lo distinto, lo arriesgado y lo novedoso, y, sobre todo, por esa Sevilla que se ve desplazada de esos nuevos tiempos simplemente porque no controla la inercia o porque intuye que no le van a beneficiar. Tras esos motivos verdaderos se han escudado gentes de cien mil raleas como cantaba Serrat, una tropa de revientaalcantarillas que se ha amparado en argumentos que van desde el conservacionismo atroz pero estrábico al haber sido incapaces de denunciar con el mismo furor las cientos de tropelías A. M. (antes de Monteseirín) contra la ciudad; en el sentimentalismo identitario -esa suerte de nacionalismo de barrio y taberna- que se autoconcede el copyright de la ciudad; o tras los intereses de casta, gremio o cuenta corriente. Eso sí, siempre toda crítica, campaña o denuesto camuflado cobardonamente tras la apariencia del deber cumplido con puridad, del objetivo proceder sin saña, ese “vicio de la hipocresía, que afectan muchos en la disimulación de sus maldades” que ocupó a Quevedo. Igual desde medios de comunicación, organizaciones de toda laya o partidos. Quizás su comportamiento no pase desapercibido para los sevillanos. Sin embargo, no ha de etiquetarse con ese pelaje a los miles de ciudadanos honradamente críticos con el proyecto de ciudad propuesto y revalidado tres veces en las urnas en forma de pacto. En absoluto. Ha habido posicionamientos duros pero razonables respecto a la propia concepción del modelo como su materialización. Rechazos perfectamente entendibles y legítimos a algunos de los hitos más señalados -los parasoles, por ejemplo- y que han de ser procesados y aceptados. Pero todos nos entendemos: es fácil distinguir a unos de otros.
La alcaldía de Monteseirín, en cualquier caso, dejará huella. En algunos casos para bien y en otros para mal, especialmente en lo que se refiere a los casos de corrupción como las facturas falsas o en el entramado aún por juzgar de Mercasevilla. En ninguno ha tenido parte activa Monteseirín y eso lo saben todos los que le señalan con el dedo queriendo precipitar su muerte política. También saben que detrás de esos casos no había redes de financiación del PSOE, esa especie que obtuvo tanto éxito mediático y estuvo en cartel un año. Creo que es un político honrado, lo cual no le exonera de la responsabilidad política que conlleva el hecho de que un colaborador termine en prisión o de que una empresa con mayoría municipal sea objeto de un latrocinio vergonzante. Las leyes de la política no las dicta un juez. Pero el fulgor y el acierto de una acción política municipal de diez años tampoco lo juzga ni un titular de prensa, ni un balance destemplado de la oposición ni un canalla oculto tras un nick. El tiempo lo hará. Hoy, habrá quien vea a Monteseirín como a un Cid que marcha al destierro por imperativo de Alfonso VI -sólo lo acompañará su leal Marchena- aunque quizás el prefiera verse como el Ismael de Herman Melville: “En cuanto me veo haciendo mohínes enfurruñados, si noto en mi alma las húmedas brumas de noviembre, siempre que me veo parándome involuntariamente ante las funerarias, o agregándome al cortejo del primer entierro con que tropiezo (…) entonces ya sé que es tiempo de embarcarme”.
Hay otro aspecto clave en este asunto del relevo de Monteseirín: la estrategia adoptada para evidenciarlo es errónea. No sólo desde el punto de vista formal, como ya se ha dicho. En política no se debe emprender un camino si no se sabe cuál es su final. Y este parece ser el caso. El PSOE sólo tiene trazadas líneas generales de actuación: adelantar la elección del candidato a julio; terminar de sopesar los tres o cuatro nombres que están en la mesa -Viera, Celis, Juan Espadas y quizás no haya que descartar tan rápido a María Jesús Montero o alguna sorpresa aunque se antoje más improbable- ; encajar la táctica dentro del nuevo dibujo orgánico que parirá el congreso extrarodinario regional del PSOE el próximo fin de semana; y consultar las encuestas con la misma pasión y avidez con que los arúspices sobaban las entrañas de las aves. Pero todo ese planteamiento descansa sonre una premisa a todas luces mal calculada: que Monteseirín agote su mandato. No lo hará, hoy se despide por carta de Sevilla (página 11 de la edición de papel). No es ni lógico ni humano pedírselo por más que convenga a los intereses de su partido. Nadie en su sano juicio se sometería a una prolongación del calvario actual durante 14 meses más. Eso sólo se hace cuando se es alcalde y se está vivo en la pelea por revalidar la candidatura. Una vez descartado, es imposible que Monteseirín soporte estoicamente un periodo tan largo las invectivas envenenadas que deben andar preparándole un buen número de cariñosos enemigos. El día después de anunciar que no repite, el alcalde pierde una buena parte de su autoridad fáctica y casi toda su autoridad política. Dicho esto, quien haya previsto en serio que se inmole durante el año largo que resta para las municipales debe ir elaborando rápidamente el plan B. El único que se conoce es el que ya avanzó este periódico, que Rosamar Prieto ocupe interinamente la alcaldía al ser la número dos de la lista. Se trata de una decisión que ciega el camino a Gómez de Celis, sin duda el único edil del equipo actual con capacidad política, conocimiento y apoyo de las bases para afrontar la situación e intentar una operación que le consolide como posible candidato en mayo de 2011, como desearía Monteseirín. Conocido es que Griñán lo ve con buenos ojos, mientras que el equipo saliente de la ejecutiva regional y sobre todo el PSOE provincial rechaza tal posibilidad al considerarlo parte del problema y en pago a la cordial enemistad que mantienen. Si es Rosamar la alcaldesa interina -ella está encantada- la gestión del futuro también será complicada y añadirá confusión: en poco más de un año el PSOE habrá presentado ante la opinión pública tres nombres de alcaldes y alcaldables: Monteseirín, Rosamar Prieto y quien resulte elegido. Además de propiciar un periodo de interinidad indeseable para una ciudad que tiene en el aire proyectos de tanta enjundia que requieren liderazgo político para llevarlos a puerto. En el caso de que el candidato sea alguien ajeno al Ayuntamiento deberían agilizarlo al máximo, ya que todos son escasamente conocidos por el común de los sevillanos, aunque la mercadotecnia y la política puedan hacer milagros en un año. Y hay un riesgo más añadido que sólo se conjura con inteligencia y sentido de la responsabilidad por parte de todos los implicados: un enroque de las agrupaciones locales en apoyo de Celis frente a la organización provincial, con las consecuencias indeseables de que la rebeleión derivara en unas primarias o en una huelga de brazos caídos de las bases en la campaña electoral. Ya sé que esto en el PSOE se considera poco menos que imposible y se hacen alabanzas sobre la capacidad mítica de la organización para movilizarse y echarse a la calle cuando llega la hora de la verdad. Otra vez Quevedo: “Más se ha perdido en la prosperidad confiada que en la adversidad prevenida”.
Lo cierto es que al PSOE tampoco le va a valer más Monteseirín como excusa. Ahora sólo le sirve alguien que, con independencia de que pueda ser más o menos conocido, sea capaz de ilusionar al electorado socialista, a los sevillanos progresistas, a los sevillanos capaces de reconocer las cosas positivas que se han hecho en Sevilla bajo una alcaldía del PSOE. Alguien que traslade certezas, un mensaje claro basado en los valores del compromiso con un proyecto de ciudad que ha pretendido mejorar la vida de la gente. Alguien sin miedos ni complejos para pelear por sus siglas y sus ideas, que no se arrugue porque la que le espera es menuda. Pero son tiempos para liderazgos fuertes, para convencidos. Las elecciones siguen dependiendo del PSOE, de su capacidad para movilizar a sus votantes. Y eso vendrá condicionado a su vez por los próximos movimientos. Si saber gobernar es saber elegir, aquí tiene el nuevo líder del PSOE y su partido la primera prueba de fuego en su nueva etapa.












