Un sobresaliente para Monteseirín
POR ALBERTO GARCÍA REYES. Foto. J. M. SERRANO (ABC)
Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras. El escritor florentino Giovanni Papini pone hoy el texto a esta imagen. La opulencia no está en los gestos grandilocuentes, sino en los pequeños detalles. Algún pérfido abatido por la ira e incapaz de dar al césar lo que del césar es se ha preguntado qué pintaba el alcalde en el infierno de Nervión durante la madrugada en que ardieron las últimas hojas de la vida de siete ancianos. El comentario es tan mezquino que da náuseas. ¡Claro que es poco lo que un alcalde puede hacer ante una tragedia señalada por el destino en su infausto calendario! Pero hay pequeñeces que engrandecen. Lo exclamó con furia la Madre Teresa de Calcuta: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota». Monteseirín arrojó esa noche su pequeña gota al océano del llanto. Estaba en Cádiz celebrando el jolgorio de las chirigotas sevillanas en el Falla cuando a su teléfono acudieron las llamas de la fatalidad. Y logró llegar al epicentro de la desgracia cuando aún humeaban sus rescoldos. Para ayudar. Para abrazar a quien fuera. Certificando que Sevilla estaba allí para lo que hiciera falta. Por supuesto que esa era su obligación, pero es justo aclarar que hay quienes se crecen en ese castigo sólo por cultivar su imagen. Y Monteseirín nunca buscó la cámara de Serrano. Se plantó en la entraña de la candela con la única intención de echar al mar de los auxilios su gotita. Me cuentan que no actuó como alcalde, sino como hombre. Y que su cara destemplada era un homenaje al pavor. Me cuentan que fue uno más. Y aquí va mi enhorabuena. Porque podemos equivocarnos con las cosas mundanas. Ay del que no yerre. Pero jamás podemos fallar en las cuestiones célicas.
Alfredo Sánchez Monteseirín vivió en sus propias carnes la aurora de estas llamas que aún refulgen en el luto de Sevilla. Vio como la senectud no siempre se apaga lentamente. Sintió el crujido nocturno de la madera en el averno. Pisó las cenizas, abrazó a los vivos y lloró a los muertos. Y al día siguiente, al despertar y descubrir que no había tenido una terrible pesadilla, hizo lo que debía: decretar tres días de luto.
Hay medallas que se consiguen desdeñándolas. Victorias que se celebran sobre el campo de la derrota. Y riquezas que se exhiben desde la más absoluta miseria. En aquella residencia a la que el dragón escupió su bilis conviven desde la noche del lunes la derrota, la miseria, la impotencia y la injusticia que a veces posee la fuerza del sino. Esa casa de Nervión es el terreno más desolador que ha pisado Monteseirín desde que manda en Sevilla. Nunca ha tenido que soportar una tragedia tan ingente. Y aunque hizo lo que tenía que hacer y no es correcto alabarlo por ello, demostró que tiene una sensibilidad sobresaliente para afrontar el dolor con certeza.
No todos pueden decir lo mismo.













